jueves, 19 de noviembre de 2020

Por qué no estoy de acuerdo con la ley Celá

                Tras treinta y cinco años de docencia y camino de festejar los diez de jubilado, me llega la ley Celá. Nos llega la ley Celá. Aunque reconociendo mi ancestral secuestro por la pedagogía, los asuntos de escuela han hibernado en mí después de la saturación que me supuso una considerable entrega y gran preocupación centradas en la pública. Hoy, con una perspectiva diferente y con mi profesión casi olvidada, salto ante la ley Celá. Y salto porque la considero un atropello. Simplemente no las puedo entender ni a la ley ni a la señora ministra. Salto desde cierta tristeza y el desacuerdo lícito que la Constitución me otorga.

               Mi primera discrepancia es la marginación del español, del castellano. Una lengua que utilizan 500 millones de personas en el mundo y en la que se escribió el Quijote no puede ser maltratada de esa manera, y menos como pago de un acuerdo de presupuestos. El artículo 3 de la Constitución Española no admite dudas: “El castellano es la lengua oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla”. Es un patrimonio común que unos pocos no pueden dilapidar. En mi opinión, suprimir el castellano como lengua vehicular en la Educación es una irresponsabilidad, resulta reaccionario, no es progresista y es promover la incultura en la escuela. También la división. Nada tengo contra el catalán, ni contra el vasco, ni contra el valenciano o el gallego, lenguas hermosas y respetables que jamás podrán sustituir al castellano ni en España, ni en Europa ni en el mundo. Diría más, tampoco en sus respectivas CC.AA., salvo que lo hagan por pura imposición propia de dictadores.

               Mi segunda gran diferencia son los nuevos criterios en los que se basará la evaluación y promoción de cursos en primaria, secundaria y bachillerato. Estas decisiones se dejarán en manos de las administraciones autonómicas y de los centros. Con este marco de referencia el carajal está servido. No caeré en acusar a nadie de irresponsabilidad ya que CC.AA. y centros intentarán hacerlo lo mejor posible, pero me aterra pensar en la infinita diversidad de situaciones que se pueden producir, no ya entre CC.AA, sino incluso dentro de una misma provincia o de una misma ciudad o pueblo. Así en una capital con diez o doce centros públicos de secundaria, en cada uno de ellos podría superarse la ESO o el Bachillerato con criterios diferentes. Llegado el caso, ¿se dará que, en un mismo centro, a un alumno se le permitirá promocionar con cinco suspensos porque sus condiciones socio-económicas familiares son media baja mientras que a su compañera-o se le exigirán tres suspensos para lograr el mismo éxito escolar, ya que su familia es de clase media –alta? ¿Se convertirán los docentes en evaluadores del contexto familiar para acabar calificando, no siendo lo mismo el hijo de un padre soltero jubilado que la hija de una pareja rica y homosexual? Me preocupa el deterioro que todo esto pueda producir en el ámbito escolar, familiar y social. Siempre he pensado que las leyes están para clarificar y esto no facilita la complejidad del ya difícil proceso de enseñanza / aprendizaje. Aparte de la excesiva diversidad de situaciones que pueden producirse, lo complica más delegando responsabilidades que no asumen.

               En cualquier caso detrás de todo esto están los conocimientos y el esfuerzo, aspectos que hay que considerar en todo proceso educativo - formativo. Dar títulos por darlos es una solemne idiotez y fomentar la vagancia desde arriba no es nada educativo. La incapacidad de nuestros políticos para alcanzar un Pacto de Estado por la Educación después de tantos años es propio de irresponsables y está generando, ha generado, daños irreversibles en el tejido social y democrático.

               Tampoco me gusta que desaparezcan los centros de Educación Especial porque creo que es la única forma de atender adecuadamente algunas discapacidades. Ni maestros de primaria ni profesores de secundaria, en general, están preparados para tratar determinadas dificultades. Como tampoco me va eso de controlar tanto las plazas de la enseñanza concertada, que además de salirle más baratas a los gobiernos de turno concretan aspectos de una libertad de elección en la enseñanza. Lo que el gobierno tendría que hacer es preocuparse más y mejor de la enseñanza pública y no de vigilar tanto al contexto concertado. Tampoco me va que la Inspección Educativa sea una prolongación gubernativa recolocando afines. Por todo eso, y con lamento democrático, no me gusta la ley Celá y menos con las prisas que se le está imponiendo al Congreso. ¿A qué viene tanta prisa? ¿Será que primero es pagar los compromisos contraídos – porque nadie se fía mucho de Sánchez – y luego cobrar en forma de aprobación de Presupuestos?. Prisas, pandemia, presupuestos, …. Demasiada movida con tanta incertidumbre. No era el momento para una nueva Ley de Educación.

Cada cual que exponga sus razones. Yo he expuesto las mías.

Nota. Como centros financiados con fondos públicos la concertada debe de asumir una cierta cuota social. Coloco esta nota al final, separada del texto primitivo para no alterar su contenido inicial. Esta nota debe de entenderse como una aclaración complementaria.