sábado, 17 de enero de 2026

El virus nacionalista

 

Cada vez que oigo al imperialismo vasco refugiarse en sus fueros no puedo evitar una sonrisa, mezcla de saturación, de repulsa y de impotencia.

Es cierto que hasta Fernando “el católico” juró los fueros de Guernica. En 1476, reconoció las leyes y costumbres vascas, pero lo hizo a cambio de LEALTAD y TRIBUTOS. Quiero decir que, si mantenemos las raíces, mantengámoslas en su totalidad y no pongamos el acento solamente en las partes que le interesan a una parte, porque ese desequilibrio es letal para la igualdad y para la convivencia. Además, los fueros nunca fueron una línea recta. Así, p.e., se confirmaron en 1839 tras el abrazo de Vergara; en 1841 quedó suprimido el régimen foral y se abolieron, definitivamente, por la Ley de 1876, durante el reinado de Alfonso XII, tras la derrota de la Tercera Guerra Carlista. Alfonso XIII mantuvo cierto concierto económico. Durante la Segunda República, Guerra Civil y en el régimen franquista los fueros fueron objeto de múltiples interpretaciones y vicisitudes. Los crímenes de ETA, ya con la democracia, vinieron a confirmar -de una forma demasiado siniestra- hasta dónde puede llegar la “fe nacionalista”. El blanqueo que determinados políticos han hecho de estos asesinatos es, como mínimo, una vergüenza nacional. No solo les robaron la vida a centenares de inocentes, sino que además provocaron el éxodo de casi 200.000 personas y amedrentaron a muchos miles más que se quedaron.

La enfermedad nacionalista resonó hasta la generosísima Constitución de 1978, documento que dio cabida a unos Estatutos de Autonomía y a una Ley Electoral amplios y flexibles, sobre todo ventajosos para las Vascongadas y Cataluña. Hoy día es patente el desequilibrio y desigualdad que todo esto ha posibilitado: solo hay que comparar las concesiones que el Estado ha hecho al País Vasco o a Extremadura.

El concepto de derechos históricos resulta un cajón de variopintas interpretaciones y es una especie de muro de las lamentaciones del que echa mano el victimismo nacionalista. ¿Se imaginan a los herederos de don Pelayo reclamando el reino de Asturias, a los Omeyas pidiendo Córdoba o a los tataranietos de Boabdil solicitando Granada? ¿Dónde quedaron los derechos históricos de España sobre las Filipinas o Cuba? A los humanos, las raíces les dan alas, pero no podemos olvidar que la parcela es compartida (LEALTAD) y tus raíces no pueden crecer a costa de las mías.

A los nacionalistas vascos -y también catalanes- hay que reconocerles su tremenda habilidad para permanecer en el tiempo. Su receta es clara: “Ponerse siempre del lado del vencedor, fuera quién fuere” y convertir los principios nacionalistas en un religión, un sentimiento, una fe. “Somos únicos”, “Somos especialmente diferentes”, “Fuera de nuestro territorio, no nos quieren”, “Nuestras costumbres son sagradas”, etc, etc… Todos los nacionalismos son igual de nefastos. Su eje central es su ombligo, su egoísmo y su perversa insolidaridad. Apostillo: por eso resulta incomprensible un nacionalismo de izquierdas, donde la igualdad, mirar bien a los diferentes y ser solidarios constituyen la esencia de su razón de ser.

        A su insolidaridad hay que unirle su insaciabilidad. Mientras más se le dé, más crece el monstruo y más necesita.


        El nacionalismo es un sentimiento dañino para la sociedad porque tiende a la radicalidad y la divide. Como tal se puede consentir, pero jamás se puede alimentar. Es un cáncer social que si no se vigila, se convierte en fascismo. El que alimenta el nacionalismo, por puro beneficio personal, a costa de todos, léase Pedro Sánchez, está haciendo un uso ilegítimo del poder, y más si no lo incluyó en su programa electoral. Es un fraude total que destruye la democracia.

        Un Pedro Sánchez ¿Socialista o socialisto?, ¿Obrero? y ¿Español? transmutado en populista independentista vascocatalán. ¡Eso es metamorfosis profunda y no la que cuenta Kafka!

Lástima que en España, y también en Europa, tengamos unos políticos tan cortos, tan miopes y con tan poco compromiso: Que se permita que el gobierno catalán multe a establecimientos por rotular en castellano es una medida puramente fascista. ¡Y luego se quejan de que avanzan los ultras! No puede estar más claro en la Constitución: “El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen en deber de conocerla y el derecho a usarla” (Art 3.1). ¡Por decir algo…!

¡Roma no paga a traidores!, dijo el procónsul Cepión, 139 a.d.C., a los tres hispanos que asesinaron a Viriato, caudillo lusitano. Judas si cobró sus treinta monedas de oro, aunque, al parecer, luego acabó mal.

Las dos regiones españolas que han puesto en jaque -casi mate- a la nación han sido las Vascongadas con ETA y sus permanentes pulsos y la pedigüeña Cataluña con su declaración unilateral de independencia. No deja de ser curioso que: las dos comunidades que más han incumplido, las que más deslealtades acumulan, las que mas privilegios disfrutan, etc… son las que mejor trato reciben de un ¡¡¡¡gobierno que se dice socialista!!! y están condicionando —desde sus minorías minoritarias— el gobierno de todo el país. Definitivamente, algo no va bien.