Cada vez que oigo al
imperialismo vasco refugiarse en sus fueros no puedo evitar una sonrisa, mezcla
de saturación, de repulsa y de impotencia.
Es
cierto que hasta Fernando “el católico” juró los fueros de Guernica. En 1476, reconoció
las leyes y costumbres vascas, pero lo hizo a cambio de LEALTAD y TRIBUTOS. Quiero
decir que, si mantenemos las raíces, mantengámoslas en su totalidad y no
pongamos el acento solamente en las partes que le interesan a una parte, porque
ese desequilibrio es letal para la igualdad y para la convivencia. Además, los
fueros nunca fueron una línea recta. Así, p.e., se confirmaron en 1839 tras el
abrazo de Vergara; en 1841 quedó suprimido el régimen foral y se abolieron,
definitivamente, por la Ley de 1876, durante el reinado de Alfonso XII, tras la
derrota de la Tercera Guerra Carlista. Alfonso XIII mantuvo cierto concierto
económico. Durante la Segunda República, Guerra Civil y en el régimen
franquista los fueros fueron objeto de múltiples interpretaciones y
vicisitudes. Los crímenes de ETA, ya con la democracia, vinieron a confirmar
-de una forma demasiado siniestra- hasta dónde puede llegar la “fe nacionalista”.
El blanqueo que determinados políticos han hecho de estos asesinatos es, como
mínimo, una vergüenza nacional. No solo les robaron la vida a centenares de
inocentes, sino que además provocaron el éxodo de casi 200.000 personas y
amedrentaron a muchos miles más que se quedaron.
La
enfermedad nacionalista resonó hasta la generosísima Constitución de 1978, documento
que dio cabida a unos Estatutos de Autonomía y a una Ley Electoral amplios y
flexibles, sobre todo ventajosos para las Vascongadas y Cataluña. Hoy día es
patente el desequilibrio y desigualdad que todo esto ha posibilitado: solo hay
que comparar las concesiones que el Estado ha hecho al País Vasco o a Extremadura.
El
concepto de derechos históricos resulta un cajón de variopintas
interpretaciones y es una especie de muro de las lamentaciones del que echa
mano el victimismo nacionalista. ¿Se imaginan a los herederos de don Pelayo
reclamando el reino de Asturias, a los Omeyas pidiendo Córdoba o a los
tataranietos de Boabdil solicitando Granada? ¿Dónde quedaron los derechos
históricos de España sobre las Filipinas o Cuba? A los humanos, las raíces les dan
alas, pero no podemos olvidar que la parcela es compartida (LEALTAD) y tus
raíces no pueden crecer a costa de las mías.
A
los nacionalistas vascos -y también catalanes- hay que reconocerles su tremenda
habilidad para permanecer en el tiempo. Su receta es clara: “Ponerse siempre
del lado del vencedor, fuera quién fuere” y convertir los principios nacionalistas
en un religión, un sentimiento, una fe. “Somos únicos”, “Somos especialmente
diferentes”, “Fuera de nuestro territorio, no nos quieren”, “Nuestras
costumbres son sagradas”, etc, etc… Todos los nacionalismos son igual de
nefastos. Su eje central es su ombligo, su egoísmo y su perversa insolidaridad.
Apostillo: por eso resulta incomprensible un nacionalismo de izquierdas, donde
la igualdad, mirar bien a los diferentes y ser solidarios constituyen la
esencia de su razón de ser.
A su insolidaridad hay que unirle su insaciabilidad. Mientras
más se le dé, más crece el monstruo y más necesita.
El nacionalismo es un sentimiento dañino para la sociedad
porque tiende a la radicalidad y la divide. Como tal se puede consentir, pero
jamás se puede alimentar. Es un cáncer social que si no se vigila, se convierte
en fascismo. El que alimenta el nacionalismo, por puro beneficio personal, a
costa de todos, léase Pedro Sánchez, está haciendo un uso ilegítimo del poder,
y más si no lo incluyó en su programa electoral. Es un fraude total que
destruye la democracia.
Un Pedro Sánchez ¿Socialista o socialisto?, ¿Obrero? y ¿Español?
transmutado en populista independentista vascocatalán. ¡Eso es metamorfosis
profunda y no la que cuenta Kafka!
Lástima
que en España, y también en Europa, tengamos unos políticos tan cortos, tan
miopes y con tan poco compromiso: Que se permita que el gobierno catalán multe
a establecimientos por rotular en castellano es una medida puramente fascista.
¡Y luego se quejan de que avanzan los ultras! No puede estar más claro en la
Constitución: “El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos
los españoles tienen en deber de conocerla y el derecho a usarla” (Art 3.1). ¡Por
decir algo…!
¡Roma
no paga a traidores!, dijo el procónsul Cepión, 139 a.d.C., a los tres hispanos
que asesinaron a Viriato, caudillo lusitano. Judas si cobró sus treinta monedas
de oro, aunque, al parecer, luego acabó mal.
Las
dos regiones españolas que han puesto en jaque -casi mate- a la nación han sido
las Vascongadas con ETA y sus permanentes pulsos y la pedigüeña Cataluña con su
declaración unilateral de independencia. No deja de ser curioso que: las dos comunidades
que más han incumplido, las que más deslealtades acumulan, las que mas
privilegios disfrutan, etc… son las que mejor trato reciben de un ¡¡¡¡gobierno
que se dice socialista!!! y están condicionando —desde sus minorías
minoritarias— el gobierno de todo el país. Definitivamente, algo no va bien.
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